De un tiempo a esta parte, el tenis de mesa desplaza otros temas de conversación con G. Queda claro su interés por las peculiaridades de la vida social del ping pong y en particular sobre el lugar que una mujer de 65 años, ella misma, ocupa en esa comunidad deportiva. El pingpong irrumpió en su vida con la potencia de una gran pasión tardía, o porque usurpó otras rutinas que mal que bien ritmaron su vida pasada. Si algún rasgo caracteriza al tenis de mesa -hay diferencias, pero supongamos que es el nombre oficial- reside justamente en que reúne personas de edades disímiles, trabajos, mundos diferentes. Prueba de esta condición fraternizante, G entrena con chicos de 14 años y en otras oportunidades comparte mesa con jugadores semi profesionales o mujeres de 30. El sistema favorece la rotación. Sobresale el ambiente convivial aunque, según la competencia, se juega en parejas, entrenan en grupo o compiten por ternas o en equipos. Es evidente que estas modalidades contribuyen a sortear los efectos desventajosos de las camarillas permanentes que generan mayor cohesión, sí, pero también son caldo propicio de maledicencias y tergiversaciones. Ese carácter colectivo y simultáneamente autónomo del deporte le aporta, según G, los rasgos que más aprecia. La remera que hoy estrena, con un tramado rosa claro sobre un fondo gris, repite un ramillete de flores de cerezo con reminiscencias japonesas en el omóplato, el vientre y la espalda. No me asombro: la hija de G., gestora del diseño, fue hasta hace pocos años una lectora compulsiva de mangas. Van a fundar, decimos, un subclub de tenistas de mesa. Tienen el nombre: las amantes de los cerezos en flor.
Coincidencia o no, ayer vi una película japonesa en que los cerezos en flor cumplían un rol primordial en la trama. No se me escapa que los cerezos representan algo así como el summum de la japonesidad y toda película japonesa ofrece generosos reservorios de gestualidades que de este lado del mundo reconocemos en clave de repertorios culturales de otredad oriental, para el caso, japonesa.
La película giraba en torno a una anciana que tras cincuenta años internada en un leprosario enmienda ese aislamiento brutal por la apreciación y el goce de la belleza. Es una película que proyecta una indudable enseñanza moral por el goce vital que surge de lo imperceptible. En el fondo, algo que atribuimos a un contacto estrecho entre japonesidad y naturaleza. Esa relación, me percato, se expone en una anciana de condiciones particulares, lo que justifica que la película avance respecto de una incipiente brecha generacional. En todo caso, la anciana insta al otro protagonista, más joven y también defraudado por la vida, a apreciar la textura de los árboles, los rumores de la naturaleza y cada uno de los pequeños milagros de existencia que pueda percibir. Que la mujer sea una cocinera eximia, la única capaz de preparar los dorayaki con alubias rojas azuki entronca con otra idea: el trabajo delicado y sensible, artesanal, que aúna pericia, conocimiento tradicional y ensalzamiento de los sentidos. Vista, olfato, tacto, oído y sabor se ponen en juego en la preparación. Todo en la película se sugiere con delicadeza, en particular las parejas de opuestos: cuarentena/ libertad interior, la torpeza de movimientos de la mujer (probablemente debido a mutilaciones o deformaciones de los pies) /los tenues movimientos de las hojas, soledad/vínculos, rencor por el propio destino/ circulación de afectos. La gestualidad de la mujer sugiere inicialmente una naturaleza excéntrica o un rasgo de senilidad. Avanzada, la trama se bifurca hacia otro asunto: la discriminación persistente hacia los sobrevivientes de la lepra. Pero ese derrotero me interesa menos que la perspectiva de la mujer que tampoco me convence. Hay una brecha cultural. O sin convencerme, me siento desarmada ante la japonesidad.