Fragmento “Muertos de hambre como como ustedes, les queda eso o morderse las orejas”, y el día se les escurre en el cruce de la ciudad. Llegan al Centro, las enfermeras los internan y al día siguiente están en la oficina 204, la misma donde el Encargado los había recibido la primera vez, cuando su hermano Rodolfo entregó el riñón.

La compra de órganos es buen negocio, y una actividad tradicional a la que en los últimos tiempos el Centro sumó los servicios de pasaje. Aunque para ser precisos, el Centro no pasa. Pasar sería esconderse en vehículos de doble fondo o reptar entre las ráfagas de los reflectores que planean sobre la superficie del Riacho y por los pastizales. Una situación por completo ajena a la travesía cómoda y legal que, gracias a un cupo, el Centro cede ociosamente a sus integrantes. Los otros cien atajos para cruzar son para los desesperados o los suicidas, no para ellos que todavía tenían una huerta y una casa.

En la ciudad abandonaron una huerta y una casa. Antes de la llegada de los restos, la huerta había sido el trabajo preferido de su padre, un terreno de lilas y madreselvas donde Mirta había gateado la infancia catando el sabor de las hojas y de la tierra, saboreando clandestinamente bajo pena de envenenamiento los frutos rojos que como pétalos de rocío asomaban entre los lazos verdes. Cada mañana su padre podaba las plantas o quitaba hojas secas, removía la tierra, erradicaba gusanos y hormigas, y todo lo hacía con extrema seriedad, sin permitir que el placer de la tarea reinara sobre la obligación. Después se vislumbró que también aquel trabajo era placer gratuito, y la huerta se transformó en variable principal de la supervivencia de la familia.

Los frutos eran una usina potencial que entró en conflicto mortal con los injertos y el cultivo de flores que por años habían sido la pasión del padre. Al principio, él intentó rearmar su autoridad sobre la tierra y los cultivos, ensayó su lucha por la permanencia hasta que Rodolfo amenazó hacerse con la responsabilidad y el padre dobló la cerviz de su propia obstinación, arrancó las flores y se sentó a mirar cómo las parcelas de cultivos alimenticios copaban el terreno. La culminación de esa derrota fue el tejido de red, coronado de pinchos grises, que protegía la parcela de los intrusos. Ya no lo llamaron jardín sino huerta, y también aquel pequeño rincón de paraíso se sometió a la nueva ley de los restos. Cada mañana, la madre alzaba los plásticos que cubrían el cultivo, los mismos que el padre corría a estirar sobre los retoños cuando la lluvia de granizo amenazaba; su hermano había construido una letrina con maderas para acumular los excrementos de la familia. Cagaban ahí: el viento frío del invierno les helaba las nalgas y, con la llegada del verano, el olor persistente escarbaba las paredes de la casa, con las moscas zumbando su nube negra en torno al cubo de madera percudida. Un ataque de hormigas o aún peor, de babosas, los reunía en un comité de urgencia contra la plaga para eludir las pesadillas de una huerta raquítica. Se la dejaron a la vieja Jiménez, ¡qué sabe ella de huertas! Ahora la huerta, al este de la Ciudad, debe temblar bajo una legión de insectos negruzcos que trepan su nerviosidad sobre los tallos mordisqueados, cada vez más desnudos. Mirta cierra los ojos, piensa en el hijo de la vieja y ve las sombras de una familia de topos resguardándose tras las construcciones que contornan el Riacho”.

Contratapa

En Los restos todos los lugares seguros están enrarecidos. La ciudad, la familia, los proyectos, guardan una lógica que nadie entiende bien cómo se anuda ni cómo seguirá. Los personajes parecen entender algo de todo lo raro que los rodea, y ponen alguna resistencia, algún plan, pero más se dejan penetrar por el mundo en el que viven. La existencia se convirtió en un rompecabezas imposible de volver a armar y los lugares vacíos se completan con cosas inesperadas. El horror al vacío es la regla de oro, y a la vez todos asumen y aportan a ese relleno de la forma más vaga, como vaciados de horror. Keizman no sólo escribió una novela deslumbrante sino una advertencia singular y extremadamente sensible sobre las posibles derivadas de la proliferación y el agotamiento de todo lo que conocemos. Félix Bruzzone

Editorial Alquimia, Santiago de Chile, 2014. Novela.