Lugar Común

Lugar y común son palabras vagas

Lugar y común son palabras demasiado vagas, de vocación errática. Cuando la sintaxis las detiene se establece esa expresión: “el lugar común”. Más aparición que espejismo, “el lugar común” nombra un lugar inexistente, una fusión imposible, un vértice perfecto que equilibra voluntad, emoción y pensamiento. Como en Las dos Fridas de Khalo donde la mujer y su doble, que son también la artista y su muerta, se fusionan en un cordón de sangre. Ese lugar común en donde las dos Fridas se toman la mano, en el turno pausado del espectro, desfasadas pero de algún modo latiendo al unísono. Más importante aún: nos observan. Pocos cuadros aluden con tal intensidad la fuerza de la especulación.

Sin embargo, la literatura tenía el mandato de evitar el lugar común, debía nadar a contracorriente, torcer el lenguaje, resistir. En sus primeros pasos de ruptura con lo común se lanzó al derrotero del lenguaje armonioso y estéticamente logrado de las bellas letras. Muy rápido esa aspiración fue insuficiente. Entonces, el siglo XX añadió otro requisito: sería una práctica radical. El mandato era extraer del barro una materia que superara los usos convencionales del lenguaje, las percepciones inmediatas, las modulaciones de lo previsto. Desde una posición de resistencia operaban para contrarrestar las fuerzas del pobre futuro que se habría de construir. La literatura y las artes parecían viejas cluecas, bohemios sabiondos, chismosos correveidile: te lo dije, somos diferentes, lo que es para pocos nunca será para muchos.

En suma, el lugar común fue el tabú que la literatura moderna se propuso sortear. Algo equivalente sucedía en las disciplinas científicas y sociales, donde el lugar común rimaba con ignorancia y superstición, primos putativos del “sentido común”, también denigrado.

Lugar y común son palabras vagas. Tal vez por eso mismo al reunirse producen una reverberación inquietante. El lugar común regresa hoy a horcajadas de un sentido utópico difícil de calibrar. Otra vez barro y esmeralda. No importa hacia dónde se mire, la sensación apocalíptica opera a norte y a sur, en microescala y allí donde los satélites de basura cósmica rodean el planeta: comunidades estalladas que se lanzan a los brazos de la locura y el resentimiento. El problema es que, contra lo que se supone, las prácticas varadas en la resistencia – como son las artes- son débiles para pensar el futuro.  Acuden a videntes, deambulan a derecha y izquierda con su red para atrapar resonancias, entrecierran los ojos para escuchar mejor los balbuceos de los acontecimientos, incluso los riman con las fuerzas herméticas de lo excepcional. Es inútil. La resistencia no es suficiente, lo que nada a contracorriente se agota, más humildad, amigo. Es en esa encrucijada que el lugar común regresa como la tierra de todas especulaciones, el único lugar donde algo diferente puede ser pensado. Solo allí la ficción abandona la pura resistencia, que es la pura contingencia, y se ofrece a la especulación. La ficción pensante indaga lo común reconfigurado y próximo a estallar; lo común que excede lo humano e involucra el planeta, lo no-humano, incluso lo no viviente.