Los restos de Betina Keizman (Ediciones Alquimia, 2014) es uno de esos libros que te imponen una lectura lenta, como obstaculizada. La prosa es compacta y el mundo que se va desplegando a través de las palabras, no es uno en el que querrías vivir. Sin embargo, se instala en mí y no quiero que se termine. Mirta, la protagonista, se mueve por ese mundo con la inevitabilidad con la que vivimos. Pero sabemos que no siempre fue así. Antes de que las hordas lo tomaran, era un mundo en el que todavía se podía tener una huerta por el mero placer de trabajar la tierra o de jugar a obtener nuevas variedades de flores. Al iniciarse la novela, Mirta y su hermano deciden dejar la huerta e irse a El Centro. El boleto de entrada: ceder un órgano o prestarse a un experimento desconocido.
Texturas (textos y culturas)