Un lugar común puede ser también una vasija arcillosa y coloreada con un tinte azul egipcio deslavado, muy parecida a otra hallada en Centroamérica. Como ese gato que se refriega contra tus piernas, con el que también tropiezas en la reproducción de jeroglíficos mesopotámicos y en un cuadro de Paul Klee. Los gatos te interesan poco, eres un dueño de gato desconsiderado, un elemento extremadamente curioso en la fauna de los gatófilos. Prefieres volver al rumbo del azul egipcio. En ciertos íconos atribuidos a Teófanes el Griego las letras prosperan como renacuajos sobre un plano acuático. La misma tonalidad azul egipcio se repite en los exvotos anónimos que adornan las paredes, también azules, de la casa de Frida Kahlo en Coyoacán. Las escrituras de los exvotos aletean estremecidas con tanto deseo concedido. Bendigo a San Palmiteo que reparó mi troca. Deseo concedido. Gracias Santa Catalina por salvarme del hombre de barba oscura que me esperaba en ese callejón y que me engañó. Agradecimiento por salvación. Los hay enigmáticos: Me entrego a San Idelfonso por atender los placeres. Otros, convencionales: Gracias San Roque porque el perro no me toque. Muchos alaban la justicia: Bendita seas Guadalupana porque castigaste a los malvados. La mayoría abundan en detalles: “ismael Rodriguez se puso tan borracho que perdió los zapatos y al regresar a casa se cortó horriblemente un pié, y se le infectó, viéndose grave, agradece a San Pancracio que le ayudó en su curación”. Producto de esos infortunios que sobrevienen con la declinación de las culturas, el procedimiento original para conseguir aquel tono de azul se extravió en tierras africanas. Siglos más tarde, el antiguo pigmento sintético fue descubierto por segunda vez en Europa. El fabricante de tintes alemán Johann Jacob Diesbach buscaba una tonalidad rojiza cuando añadió sangre de cerdo a su mezcolanza y una inesperada reacción química engendró aquel matiz de otro mundo. Es costumbre, o rasgo cultural, reivindicar un creador para cada invento. Sin embargo los reconocimientos individuales nunca borran por completo la marea plural que se enreda en el origen de todas las cosas. Bajo cualquier objeto subyacen tantas etapas y creadores como algas y hierbas en los mares cálidos. Quieres suponer que al mismo tiempo que el alemán Johann Jacob Diesbach saboreaba su azaroso descubrimiento, el azul de Prusia regresó por las carreteras de Oriente en el esmaltado de las cerámicas chinas que siguieron la ruta de Portugal. Desde ese destello se alza la gran ola de Kanagawa; La noche estrellada de Vincent van Gogh también, con añadidos de azul cerúleo. Pura belleza.