Todo en este mundo tiene su sonido. Incluso los objetos silenciosos.
Conocemos los objetos silenciosos golpeándolos. El hielo es delgado, la caja está vacía, la pared es hueca.
He aquí una paradoja: dos cosas se tocan pero solo se produce un sonido. Una pelota rebota contra una pared, una baqueta golpea un tambor, un arco frota una cuerda: dos objetos, un sonido.
Otro caso en que 1+1 es igual a 1.
Los sonidos me hablan de espacios, sean grandes o pequeños, estrechos o amplios, interiores o exteriores. Los ecos y reverberaciones me brindan información acerca de superficies y obstáculos. Con un poco de práctica puedo oir «sombras acústicas», tal como hacen los ciegos.
En Ontario se taladran los arces hasta que se oyen las ranas de primavera; después de ello el hielo se derrite, la savia es más oscura, el jarabe es inferior.
Otro ejemplo: un hombre camina por la nieve, se puede saber la temperatura a partir del sonido de sus pasos. Es una forma de percibir el medioambiente, una en que los sentidos no están divididos; una que reconoce que toda información está interconectada.
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