Cuando pienso en aquel tiempo recuerdo una tapicería que colgaba en el comedor de mis padres. Durante años comí frente a ella sin notar nada hasta que una vez descubrí que el follaje azul y verde trazaba el perfil de un mono. Tan patente que se diría hecho a propósito. A veces lo buscaba y solo veía las hojas y las ramas. A veces el mono estaba allí. Como esperándome. Inútil buscar flores, gentil vegetación. Todo era mono, una cara procaz, un trasero abultado, unas manos junto al hocico, el tapiz se volvía el imperio del mono, nada más. «Los galgos, los galgos». Sara Gallardo.
No a todo alcanza Amor pues que no puede/ Romper el gajo con que Muerte toca.
Macedonio Fernández