Lugar Común

Tampoco necesito retroceder demasiado

Tampoco necesito retroceder demasiado. Charly García grabó en 1987 “El rap de las hormigas” en un álbum de título profético: Parte de la religión.  “Vamos al campo a descansar/ No queda nada, nada, nada que jalar/ Es vacaciones, me quiero ir/A ver las focas y el casino en la Feliz/No me banco las hormigas/Por favor, pasame el Raid”. Escuchemos mejor: La repulsión por la última hormiga que sobrevive sobre el pétalo de una rosa (cuánta razón tenía el principito) se encumbra a psicopatía social. Sin embargo, hay personas tanto o más urbanas que yo misma que aman la naturaleza. Para ellos la empatía es natural, tal vez ontológica, intuitiva, intrínseca, involuntaria y capaz de extenderse a cualquier territorio y hasta lo no-viviente. No soy insensible. Pero esos instantes extremadamente fugaces de apreciación de la naturaleza no me producen gran mella. Al contrario, puedo estimarlos en una película, como en esa larga escena en que los personajes se funden con las enramadas del bosquecillo que rodea el leprosario. Retuve sobre mis mejillas la caricia del viento que los personajes reciben, los ojos cerrados, fundidos entre los troncos. Apreciación del instante y dicha de la piel. La dicotomía entre esa afinidad por la naturaleza y mi propia sensibilidad urbana tributa a esquematismos culturales. Perseverar involucra cierto rechazo a las facultades del aprendizaje. Está mal visto rechazar el lugar común que nos cohesiona.